Antecedentes y preparación del Concilio Vaticano II

Santiago Madrigal S.J.

Aunque la inauguración oficial del Concilio Vaticano II tuvo lugar el 11 de octubre de 1962, en realidad, la historia de la última asamblea ecuménica se retrotrae al 25 de enero de 1959, cuando se produjo de manera inesperada el anuncio de Juan XXIII1. En S. Pablo Extramuros, ante el colegio de cardenales, al final de la semana de oración por la unidad de los cristianos, el Santo Papa Juan manifestó su decisión de reunir un concilio ecuménico. Aquel anuncio causó una profunda sorpresa, aunque hoy —tras abrirse los archivos vaticanos— sabemos que su predecesor, Pío XII, tuvo intenciones de convocar un concilio. De hecho, entre 1948-1951, una comisión preparatoria estuvo trabajando secretamente en aquel proyecto. Al final, el Papa Pacelli se sintió sin fuerzas para dar aquel paso2. Su sucesor, Angelo Roncalli, un anciano de 77 años, puso manos a la obra.

a) Antecedentes y preparación del Concilio

Resulta, por lo demás, que ya en el cónclave que eligió a Juan XXIII se habló de la posibilidad de un nuevo concilio ecuménico. Los cardenales A. Ottaviani y E. Ruffini, dos miembros eximios del entonces llamado Santo Oficio, que habían participado en el plan desechado por Pío XII, lo han confirmado con su testimonio personal. El recién elegido Papa, que en sus ratos libres de diplomático vaticano había cultivado su vocación de historiador, tuvo seguramente acceso a los papeles secretos de aquel concilio fallido. Y tengo para mí que aquel buen conocedor de la historia del Concilio de Trento y del Concilio Vaticano I, cuando vio aquel plan de concilio, pensó en un tipo de concilio radicalmente distinto al diseñado por los dos cardenales italianos mencionados que van a desempeñar el papel de líderes de la minoría conservadora en el Concilio Vaticano II. Enseguida diremos qué tipo de concilio deseaba Juan XXIII. Antes, en razón de nuestro tema específico, merece la pena recordar que ha habido dos jesuitas implicados directamente en aquel plan de concilio, el alemán Agustín Bea (1881-1968) y el holandés Sebastián Tromp (1889-1975). El primero ha sido rector del Instituto Bíblico, miembro de varios dicasterios romanos, consultor del Santo Oficio y confesor de Pío XII. El segundo ha sido profesor de teología en la Universidad Gregoriana de Roma. Ambos han tenido un lugar de excepción en la preparación del Vaticano II.

Retomando el hilo de la historia del Vaticano II hay que señalar la fecha del 6 de junio de 1960, fiesta de Pentecostés, día en que comienza oficialmente la fase preparatoria del Concilio con el nombramiento de las diez comisiones preparatorias, que eran fiel reflejo de las correspondientes congregaciones de la curia romana. Al frente de cada una de ellas estuvieron los cardenales de curia y respectivos presidentes de los dicasterios. En otras palabras: la preparación del Vaticano II quedó en manos de la curia, sobre todo, en manos de la Comisión teológica, «la suprema», como le gustaba subrayar al cardenal Ottaviani, el líder del Santo Oficio, a quien asistía fielmente como secretario el padre S. Tromp. Con todo, en esta preparación del Concilio a puerta cerrada, hubo una excepción: el Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos, un organismo creado por Juan XXIII y al frente del cual puso a Bea, a quien previamente había nombrado cardenal3. Desde esa situación peculiar de verso suelto el Secretariado pudo gozar de un margen de libertad durante la etapa preparatoria. Tal parece ser la intención última del Papa.

En la preparación del Concilio estuvieron involucrados unos 58 jesuitas, formando parte de aquellas comisiones y otros órganos afines4. Junto al P. General, el belga J. B. Janssens, hay que mencionar de nuevo al cardenal Bea; estos dos jesuitas formaron parte de la poderosa Comisión central preparatoria, presidida por el mismo Papa y cuya función era examinar todos los documentos preparados (unos 70 esquemas). En la Comisión teológica, aparte del secretario Tromp, nos encontramos a varios profesores de la Universidad Gregoriana, como E. Dhanis, F. Hürth, G. Gundlach, J. Witte, en calidad de miembros; como consultor estaba el P. Joaquín Salaverri, rector que fuera de la Universidad Pontificia de Comillas (en Cantabria). Sin duda, el consultor más eminente en aquella comisión, pero apartado de la docencia desde la encíclica Humani generis (1950), era el francés Henri de Lubac, un representante de la llamada nouvelle théologie. Su diario conciliar nos informa de los trabajos de aquella comisión preparatoria, así como de sus múltiples padecimientos; muchas veces se sintió sentado en el banquillo de los acusados en su defensa de la doctrina del P. Teilhard de Chardin y de su propia teología. Por otro lado, no ahorra críticas contra aquellos teólogos «romanos» de cortas miras que habían elaborado los esquemas dogmáticos5.

La presencia de los teólogos jesuitas en la fase preparatoria ofrece datos dispares: el gran especialista en liturgia, J. A. Jungmann, profesor de Innsbruck, ha participado en la Comisión litúrgica, mientras que otros decisivos teólogos para la futura marcha del Concilio, como J. Courtney Murray, habían quedado excluidos por problemas con el Santo Oficio del cardenal Ottaviani. Un caso especial es el de K. Rahner, que estaba enrolado —junto a R. Bidagor (U. Gregoriana) y M. Zalba (profesor de Oña)— en la Comisión de los sacramentos, pero el teólogo de Friburgo nunca fue invitado a una reunión6. Al mismo S. Tromp le resultaba extraño que el director del gran diccionario teológico de la época, —Lexikon für Theologie und Kirche—, hubiera sido excluido de la Comisión teológica.

En la preparación del Concilio Vaticano II han jugado un papel de excepción la Comisión teológica preparatoria y el Secretariado para la unidad de los cristianos. La Comisión «suprema» de Ottaviani no sólo estaba dispuesta a controlar la red de las otras comisiones conciliares, sino a marcar el ritmo del Concilio. Por eso practicó sistemáticamente una estrategia obstruccionista, tratando de frenar cualquier alteración del statu quo eclesial y teológico, negándose a colaborar con el Secretariado de Bea, hasta el punto de que estos dos grupos de trabajo estuvieron preparando documentos sobre la misma materia, pero con orientación muy diversa, en especial, en el terreno de la doctrina sobre la Iglesia y sobre la revelación, de ineludibles repercusiones ecuménicas, y sobre la tolerancia o libertad religiosa.

La fase preparatoria concluyó con las reuniones celebradas por la Comisión central preparatoria, cuyas sesiones, en las que se han hecho presentes las dos tendencias conciliares, fueron una especie de «concilio antes del concilio». En la última sesión, celebrada en junio de 1962, tuvo lugar una confrontación decisiva entre Bea y Ottaviani con el siguiente trasfondo: el Secretariado había enviado un borrador sobre la libertad religiosa a la Comisión central. El cardenal Ottaviani criticó el esquema del Secretariado afirmando que se separaba de la Tradición y exigió a los miembros de la Comisión que no lo tuvieran en consideración. Además, el Prefecto del Santo Oficio entendía que el Secretariado carecía de competencias para proponer textos sobre las cuestiones doctrinales referentes a las relaciones entre la Iglesia y el Estado, alegando que eran de la incumbencia de su Comisión. El jesuita Bea, que defendió el texto con energía y reclamó la competencia de su Secretariado, recriminó a Ottaviani su negativa sistemática a admitir cualquier tipo de colaboración. Escenas semejantes se volverán a repetir en otoño de 1962 durante el primer período del Concilio. Aquel octogenario cardenal jesuita se iba a convertir —junto con Suenens, Alfrink, Léger, Frings, König, Liénart— en uno de los portavoces de la llamada mayoría conciliar.

b) Un Concilio pastoral para el aggiornamento: la alocución Gaudet mater Ecclesia

Es el momento de recuperar una cuestión mencionada y aplazada: qué clase de concilio quería el Papa Juan7. La iniciativa de convocar un concilio sorprendió a todo el mundo. No había un clamor general que demandara un concilio como a finales de la Edad media. Además, los planes de Pío XII habían sido llevados en secreto. Por otra parte, la sorpresa podía reposar sobre motivos teológicos de fondo, como es el hecho de que noventa años antes el Concilio Vaticano I había proclamado en la constitución dogmática Pastor Aeternus (1870) el primado de jurisdicción papal y la prerrogativa de la infalibilidad ex cathedra. Para muchos, la época de los concilios habría pasado a la historia y las reuniones o asambleas del episcopado universal resultaban superfluas. Sin embargo, con un simple gesto, Juan XXIII puso fin a la idea de que el gobierno de la Iglesia fuera algo estrictamente unipersonal. Con la convocatoria del inesperado Vaticano II el Papa Roncalli dejaba claro que el colegio de los obispos es tan original en la estructura de la Iglesia como el servicio del sucesor de Pedro. Un concilio ecuménico es la prueba fehaciente de que el cuerpo episcopal en su conjunto es siempre, colegialmente, en su unión y sumisión al Obispo de los obispos, la instancia suprema de la Iglesia en materia de fe y de disciplina.

Ahora bien, ¿qué podía motivar un concilio de la Iglesia católica a comienzos de los años sesenta del siglo XX? ¿Una prolongación del Vaticano I (1869-1870), abruptamente interrumpido? ¿Una condena del comunismo? ¿La proclamación de nuevos dogmas marianos? Por lo demás, ni la mirada más escrutadora parecía percibir graves abusos morales que clamaran al cielo. El nivel moral del clero era realmente aceptable, los seminarios contaban con muy buenos números; muchos jóvenes, de uno y otro sexo, estaban dispuestos a continuar las tareas de los misioneros; la práctica religiosa alcanzaba un nivel apreciable. Entonces, ¿por qué un Concilio?

Uno de los mejores indicadores en este sentido puede buscarse en la teología, ese esfuerzo que consiste en pensar la fe que se cree y en creer conforme a la lógica de la razón. La teología oficial, situada en la cima de la neoescolástica, podía pensar que había alcanzado su culmen como ciencia. Sin embargo, aquellos manuales de teología constituían un sistema cerrado que poco tenía que ver con la filosofía que se había abierto paso desde la Ilustración. Descartes, Kant, Hegel, Nietzsche, Feuerbach, Marx, habían levantado un edificio intelectual que afectaba seriamente a la doctrina central de la teología y, sin embargo, la neoescolástica seguía repitiendo y reinterpretándose a sí misma sin fin. Una de sus principales deficiencias era la falta de conciencia histórica. La teología más innovadora del momento, con su vuelta a las fuentes patrísticas, representada, entre otros, por los dominicos Chenu y Congar y por los jesuitas Daniélou y de Lubac, había quedado en entredicho y bajo sospecha en la encíclica ya mencionada Humani generis (1950).

Si entre la teología de escuela y el pensamiento contemporáneo se abría una profunda sima, no menor era la distancia entre la Iglesia católica y las otras Iglesias cristianas. La encíclica Mortalium animos de Pío XI (1928) seguía impidiendo el alborear de la era ecuménica. Unidad de los cristianos significaba «retorno» a la Iglesia católica romana. Pío XII, el último pontífice preconciliar, había prolongado consecuentemente esta línea con la encíclica Mystici corporis (1943), cuyo principal autor era el P. Sebastián Tromp. En 1948, el Santo Oficio prohibió a los católicos la participación en la asamblea fundacional del Consejo Mundial de las Iglesias. El Vaticano I había dejado una laguna respecto de una doctrina teológica de la Iglesia, que la encíclica Mystici corporis no había conseguido llenar; más bien sus limitaciones teológicas mostraban un encastillamiento antiecuménico que demandaba una reflexión de la comunidad eclesial sobre sí misma y sobre su tarea histórica.

El Papa Roncalli debió percibir con claridad que no tenía sentido perpetuar aquella situación idílica aparente. A lo largo del tiempo transcurrido entre el anuncio del 25 de enero de 1959 y la inauguración oficial del 11 de octubre de 1962, Juan XXIII fue madurando su idea del Concilio Vaticano II. Su principal preocupación era, —a tenor del discurso radiofónico pronunciado un mes antes de la inauguración—, dar respuesta al mandato misionero del Señor con el que concluye el primer evangelio: «Id al mundo entero y anunciad el evangelio a toda criatura» (Mt 28, 19-20). Para ello, era menester encontrar un lenguaje filosófico y teológico que hiciera inteligible ese mensaje. Este objetivo viene a coincidir con el lema del aggiornamento, que significa «poner al día», es decir, renovación. Lo cual incluye implícitamente el reconocimiento de un cierto retraso respecto de las condiciones históricas ambientales y la voluntad de salir de la cerrazón para abrir un diálogo con todos, creyentes o no.

La intención básica de Juan XXIII quedó expresada en la celebración de un concilio «pastoral», tal y como indicó en el discurso inaugural Gaudet Mater Ecclesia. El Papa hacía una suave distinción pero que es de gran calado: «una cosa es la sustancia del depósito de la fe y otra el modo de expresarla». Con este sencillo binomio —sustancia/formulación— lanzaba una carga de profundidad que daba en la línea de flotación a buena parte de los esquemas neoescolásticos preparados por la Comisión teológica de Ottaviani y Tromp. Había que distinguir entre la «verdad revelada», inmutable, y las diversas «formulaciones» que la doctrina está llamada a recibir en el curso de los siglos. Esta opción a favor de un magisterio «pastoral» marca la nueva comprensión de la Iglesia y de su actitud frente al mundo.

En la versión original italiana de esta alocución el Papa Bueno escribió que la Iglesia tenía que dar «un salto hacia delante» (un balzo innanzi). Se trataba, por tanto, de hacer una Iglesia más evangelizadora y más misionera, que hiciera gala de sus propiedades esenciales de unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad.

1 G. alberigo, Breve historia del Concilio Vaticano II (1959-1965), Salamanca 2005.

2Cf. K. Schatz, Los concilios ecuménicos. Encrucijadas en la historia de la Iglesia, Madrid 1999, 254-255.

3 J. grootaers, «Le Cardinal Bea et son énigme», en Actes et acteurs à Vatican II, Lovaina 1998, 277-286.

4La presencia de los jesuitas en las diez Comisiones (teológica, obispos, disciplina del clero y pueblo cristiano, religiosos, sacramentos, liturgia, seminarios y universidades, Iglesias orientales, misiones, medios de comunicación) y en el Secretariado, puede verse en G. Caprile, «Vaticano II, Concilio», en CH. E. ONeill – J. M. Domínguez (dirs.), Diccionario histórico de la Compañía de Jesús. Biográfico-Temático, IV, Instituto Histórico de Roma-Universidad Pontificia Comillas de Madrid, 2001, 3902-3909; aquí: 3903. Los datos estadísticos brutos son: un cardenal presidente (Bea), dos secretarios de Comisión (Tromp, en la teológica, y Bidagor, en sacramentos); de los veintisiete miembros y veintinueve consultores, 18 procedían de la Gregoriana, 5 del Instituto Oriental, 5 de la curia general, 4 de la facultad de Teología de Innsbruck, 3 de La Cilviltà Cattolica, 2 del Instituto Bíblico y 2 de la Universidad de Comillas (J. Salaverri, de la comisión teológica, y el canonista E. Fernández Regatillo, comisión de disciplina del clero y pueblo cristiano). Del equipo de Bea formaron parte los jesuitas Ch. Boyer (Gregoriana), M. Bénevot (Heythrop, Inglaterra), G. Weigel (Woodstock, EE.UU).

5S. Madrigal, Tiempo de Concilio. El Vaticano II en los Diarios de Yves Congar y Henri de Lubac, Santander 2009, 41-59. Sobre el diario de S. Tromp, 90-109.

6S. Madrigal, Karl Rahner y Joseph Ratzinger. Tras las huellas del Concilio, Santander 2006, 25-45.

7 S. Madrigal, Unas lecciones sobre el Vaticano II y su legado, Madrid 2012, 169-173; 419-430.