Camilo Torres Restrepo

Natalio Cosoy. BBC Mundo Colombia

Para su biógrafo, Walter Joe Broderick, la de Camilo Torres es ciertamente una figura equiparable a la de Ernesto “Che” Guevara, quien fue abatido un año y medio más tarde.

“Esta es la historia del primer personaje colombiano en el siglo XX que llegó a tener fama mundial”, dice la primera línea de la primera página de su libro “Camilo, el cura guerrillero”.

Su fama comenzó a extenderse con su muerte.

En un documental de 1974 del director colombiano Francisco Norden, un joven Gabriel García Márquez dice: “Lo que más me interesa del mito de Camilo es que es una demostración más, y una demostración muy triste, muy dolorosa, de que América Latina no cree sino en héroes muertos”.

Habla allí de quien fuera su amigo, su compañero en la Universidad Nacional.

Camilo Torres nació en el seno de una acomodada familia de Bogotá, el 3 de febrero de 1929, hijo del reconocido médico Calixto Torres Umaña y de Isabel Restrepo Gaviria, quienes se divorciaron cuando él tenía 8 años.

Vivió con su madre, quien fue una gran influencia para el futuro guerrillero, de acuerdo con Broderick.

“Fernando (su hermano) y Camilo estudiaban en los mejores colegios, eran miembros del círculo social bogotano y experimentaban el sentimiento de seguridad y progreso que compartía toda la burguesía de la época“, cuenta el biógrafo acerca de su estilo de vida de adolescencia.

Comenzó a cursar derecho en la Universidad Nacional, pero luego decidió entrar al seminario para convertirse en cura, algo que a su familia, en la que predominaba el anticlericalismo, no le hizo ninguna gracia.

Se formó como sociólogo en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica; luego cofundaría la facultad de Sociología en la Universidad Nacional en Bogotá, donde fue capellán.

 

Desde su tiempo como seminarista desarrolló tareas sociales en barrios populares y se preocupó por el bienestar de los sectores menos favorecidos.

En ese sentido, fue un producto de su era, según escribe Broderick: “La preocupación por los problemas sociales, lejos de ser característica exclusiva de Camilo, era más bien una moda del momento”.

Pero para el sacerdote resultó ser más que eso.

Influido por su contacto con la realidad social, sus lecturas académicas y, ciertamente, la revolución cubana de 1959, progresivamente se fue radicalizando, a la vez que su figura pública se iba acrecentando.

Sus vínculos con la estructura de la iglesia Católica se habían tensado hasta un punto que terminó con la laicización de Camilo Torres, a quien la gente nunca dejó de llamar “cura”.

En 1965 comenzó a editar el semanario Frente Unido, publicación de un proyecto político de unidad de los movimientos revolucionarios que se acabó, se desbandó, cuando Torres se fue para el monte a unirse a las filas del ELN poco antes de que acabara el año.

Allí recibió el alias de Argemiro y un revólver. Y el grupo guerrillero dio un gran golpe de publicidad cuando se difundió el hecho de que el cura Camilo Torres se les había sumado.

Ya para 1964, cuenta su biógrafo, pasaba más tiempo que nunca con obreros en la capital o con campesinos fuera de ella.

“Eran un puñado de desarrapados, con viejas carabinas, y Camilo románticamente se une a ellos, muere en combate con ellos y se vuelve una figura heróica, un mártir”, dice un vital Broderick, de 81 años.

En el documental de Norden, Gabriel García Márquez asegura: “En el momento en que Camilo se sacrificó por lo que estaba defendiendo muchísima gente que no había creído en él empezó a creer, como diciéndose ‘ah, si se hizo matar por eso, entonces decía la verdad, entonces tenía razón'”.

Como consecuencia, señala Broderick, muchos jóvenes católicos de la época, desde curas y monjas hasta seminaristas, se sumaron a las filas del ELN.

“Se volvió una especie de movimiento cristiano de izquierda”, dice; su influencia se extendió hacia Argentina, Chile, Nicaragua.