Congregación General XXXI de la Compañía de Jesús

Santiago Madrigal S.J.

La Congregación General XXXI exhibe como novedad histórica el hecho de haberse celebrado en dos períodos o sesiones. Anteriormente, ninguna Congregación de la Compañía se había reunido en dos etapas. La primera, como ya hemos indicado, se desarrolló entre la tercera y cuarta etapa del Concilio, exactamente, entre el 8 de mayo y el 16 de junio de 1965. Una vez concluido el Concilio, tuvo lugar la segunda sesión del 8 de septiembre al 17 de noviembre de 1966. El motu proprio «Ecclesiae sanctae», del 6 de agosto de 1966, prescribía a la vida religiosa la celebración de un capítulo especial en orden a la aplicación y puesta en práctica del Concilio Vaticano II, sobre todo con vistas a la «renovada acomodación de la vida religiosa» urgida por el decreto Perfectae caritatis.

En consecuencia, la segunda sesión de aquella Congregación General, con el objetivo de satisfacer estos requisitos, se situó desde el comienzo en el mismo horizonte de intenciones del Concilio Vaticano II, «con el mismo espíritu con que se renueva toda la Iglesia». Así las cosas, el decreto inicial asume la misma intención que la Iglesia había formulado en el arranque de la constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium: se trata en ambos casos de un conocimiento más profundo «de su propia naturaleza y misión»1.

El título del primer decreto de esta Congregación general reza así: «La misión de la Compañía de Jesús en nuestros días». La tarea de determinar la naturaleza y el carisma peculiar de la vocación jesuítica se buscará en la experiencia fundante de los Ejercicios, en la invitación al seguimiento del Rey eterno, concretada históricamente en la misión recibida del Papa. Porque la promesa hecha a Dios de obedecer al Romano Pontífice en lo que a las «misiones» se refiere había sido «nuestro principio y principal fundamento». Además, de ahí surgió un grupo apostólico, es decir, la decisión de constituir un «instituto de vida» para mejor realizar esta misión y apostolado. En suma: la nueva coyuntura de la historia del género humano urge el doble imperativo de renovar la misión de la Compañía y readaptar su vida a la nueva situación histórica. El análisis de la nueva situación histórica, con la actual transformación social y cultural, se nutre de los análisis de la Constitución pastoral y el horizonte hacia el que apunta: Restaurar todo lo que hay en el cielo y en la tierra en Cristo (Ef. 1, 10).

En la onda del espíritu de renovación promovido por el Vaticano II se sitúan algunos de los decretos más relevantes elaborados por la Congregación General XXXI: con miras a la renovación acomodada de nuestro modo de vivir (decreto 2) y a la formación espiritual del jesuita (decreto 8), a la promoción de la vida religiosa (decreto 13) y comunitaria (decreto 19) y a la disciplina religiosa (decretos 16-17-18: castidad, obediencia, pobreza); y también con miras a la nueva manera de afrontar la tarea de evangelización y apostolado. Así las cosas, el Decreto 3 asumía expresamente el encargo hecho por Pablo VI a la Compañía de la lucha contra el ateísmo, y toda una serie de decretos desgranaban los principales criterios de selección de ministerios acogiendo las líneas directrices del Concilio: el decreto 24 replanteaba el carácter misionero de la Compañía de Jesús siguiendo las directrices del documento conciliar Ad gentes; el decreto 26, centrado en el ecumenismo, acogía expresamente las indicaciones de Unitatis redintegratio, Orientalium Ecclesiarum, Dignitatis humanae; el decreto 32 trata el apostolado social, y el decreto 33, sembrado de alusiones a Lumen gentium, Apostolicam actuositatem, Gaudium et spes, asume las líneas maestras de la teología del laicado; finalmente, hay que recordar la presencia del decreto Inter mirifica en el decreto 35, sobre los medios de comunicación social.

Podemos cerrar este apartado evocando las palabras de clausura de la Congregación pronunciadas por Arrupe en su discurso del 17 de noviembre de 1966. El General afirmaba con toda resolución: «Para que se entiendan nuestros decretos, meditemos el Evangelio, meditemos nuestras Constituciones, meditemos los documentos del Concilio Vaticano II». Y añadía estos criterios de interpretación:

«A la verdad la Congregación quiso constantemente no imitar o emular al Concilio, sino seguirlo con toda docilidad. Sin embargo, en esta misma Congregación pueden notarse ciertos rasgos de semejanza: no sólo en cuanto al sentido histórico y a la atención a los signos de los tiempos, no sólo en cuanto a la solicitud por el mundo de hoy día, por los hombres que están aún fuera de la Iglesia, no sólo en cuanto a las relaciones renovadas con los demás miembros de la Iglesia y con el laicado, sino también respecto de la renovación litúrgica, al culto de la palabra de Dios y al sentido comunitario. Pero se reconoce esta especial analogía con la índole del reciente Concilio: la Congregación no determinó tanto normas particulares, cuanto inculcó principios, valores, inspiración y definió orientaciones y direcciones. En este punto la Compañía parece aplicarse los conceptos de la Iglesia como pueblo que peregrina, cuyo camino, alguna vez entre sitios inaccesibles, es indicado por el mismo Señor con la columna de nube o de fuego. ¿Por ventura no se llama “peregrino” S. Ignacio, cuando relata los años que pasaron desde su conversión?»2.

En este texto resuenan los grandes temas de la renovación conciliar: el modo de estar la Iglesia en el mundo (Gaudium et spes), sus estructuras internas y el redescubrimiento del laicado (Lumen gentium), su vida litúrgica, en la celebración sacramental y comunitaria de la fe (Sacrosanctum Concilium) a la escucha de la Palabra de Dios (Dei Verbum). Arrupe no duda en aplicar analógicamente a la Compañía de Jesús la imagen prevalente de Iglesia que sirve de título al capítulo II de Lumen gentium, el pueblo de Dios peregrino. El dinamismo del carisma ignaciano, redescubierto y puesto a prueba por las intuiciones, directrices y orientaciones conciliares, debía ser concretado y desplegado ante los retos de las nuevas realidades necesitadas de evangelización, a la luz de los «signos de los tiempos».

1 Congregación General XXXI. Documentos. Edición preparada por M. Madurga y J. Iturrioz, Zaragoza 1966, 17. Véase: U. Valero, «Al frente de la Compañía: la Congregación general XXXI», en G. La Bella (ed.), Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús, o. c., 139-249.

2 Congregación General XXXI. Documentos, 408.