Consejo Mundial de Iglesias

Entrevista con el pastor Martin Robra por Antonio Spadaro S.J.

¿Qué es el Consejo Mundial de Iglesias? Dinos algo sobre su historia, sus comienzos, su significado…

En 1921 el patriarca ecuménico de Constantinopla escribió una carta a las otras Iglesias cristianas proponiendo la formación de una koinonía de Iglesias, una alianza o una comunión de Iglesias en el apoyo recíproco para facilitar su testimonio común en el mundo. Dicha entidad debía convertirse en un instrumento para la promoción de la unidad de los cristianos. No obstante, el CMI no debe verse como una organización centralizada con sede en Ginebra o como tentativa de crear una «Iglesia mundial». El CMI es la comunidad fraterna de 348 Iglesias provenientes, en su mayoría, de tradiciones ortodoxas, anglicanas y protestantes, y comprende también un cierto número de Iglesias pentecostales y de Iglesias africanas independientes. Para las Iglesias que lo integran, el CMI significa caminar juntos con confianza recíproca. En el preámbulo de su constitución se afirma que es «una comunidad de Iglesias que confiesan al Señor Jesucristo como Dios y Salvador, según el testimonio de las Escrituras, y procuran responder juntas a su vocación común, para gloria del Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo». Ginebra hospeda solamente al Secretariado, que se pone al servicio de la comunidad de las Iglesias miembros y de los socios ecuménicos.

El 2 de marzo pasado, en ocasión de una conferencia de prensa conjunta en el Vaticano, el Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, declaró: «La noticia de la visita del papa al CMI y a Ginebra es un signo de cómo las Iglesias cristianas pueden afirmar nuestro llamado y nuestra misión común de servir juntos a Dios». He leído que existe un profundo sentido de «misión» justamente en la base del Consejo ya desde su fundación. ¿Es así?

Si, un importante impulso a la formación del CMI vino de la necesidad de cooperar en la misión. A menudo se hace referencia a la Conferencia Misionera Mundial de 1910 como punto de partida del movimiento ecuménico moderno, si bien la World Student Christian Federation y otras organizaciones juveniles habían ya elaborado esta idea ecuménica. La terrible crisis de la Primera Guerra Mundial reforzó la voluntad de los líderes de las Iglesias de crear movimientos orientados no solamente a la misión, sino también a la unidad (Faith and Order, Lausana 1927) y a la justicia y a la paz en el mundo (Life and Work, Estocolmo 1925). Estos dos momentos suscitaron unidad e iniciaron en 1936 el proceso de formación del CMI, proceso que, sin embargo, fue interrumpido por la Segunda Guerra Mundial. El CMI fue finalmente constituido con la primera asamblea de Iglesias en Ámsterdam en el año 1948, razón por la cual este año celebramos su septuagésimo aniversario. Se convirtió en un verdadero cuerpo global en la asamblea de Nueva Delhi de 1961, con la entrada del International Missionary Council (IMC) y de Iglesias ortodoxas de Europa central y oriental.

Su constitución expresa claramente los objetivos: «El objetivo principal de la comunidad de Iglesias que forma el Consejo Mundial de Iglesias es ofrecer un espacio donde las Iglesias puedan exhortarse unas a otras a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística, expresada en el culto y la vida común en Cristo, mediante el testimonio y el servicio al mundo, y a avanzar hacia la unidad para que el mundo crea».

La visita de Francisco será una ocasión para poner de manifiesto las importantes metas alcanzadas y para encarar los desafíos futuros del ecumenismo. ¿Cómo ves la actual situación del ecumenismo?

Hasta hace pocos años estábamos habituados a hablar de un «invierno ecuménico». No obstante, nuestro secretario general, el reverendo Olav Fykse Tveit, que viene de Noruega, gustaba de decir que nada hay de erróneo en el invierno: solo se necesitan guantes y ropa que mantengan el calor. Pero me parece que con el papa Francisco y sus iniciativas ha llegado una nueva primavera. Su participación en Lund en la oración para la celebración del V Centenario de la Reforma me ha dado mucho aliento. En ese momento se hizo vida el lema de las celebraciones, «Del conflicto a la comunión». Pero no sucedió solamente allí: Iglesias del todo el mundo celebraron juntas la sanación de las memorias heridas de la Reforma. No olvidemos cuántas guerras se alimentaron de ellas.

La Iglesia católica no forma parte del Consejo Mundial de Iglesias, pero participa como «observadora» y colabora a varios niveles desde 1965 —año en que concluyó el concilio Vaticano II—, en particular en la Comisión «Fe y Constitución» y en la Comisión «Misión y Evangelización». ¿Qué relaciones tenéis hoy con la Iglesia católica, considerando la historia de estas relaciones y las actuales con el papa Francisco?

Nuestra cooperación con los dicasterios vaticanos ha mejorado mucho. En particular con el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, con el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, como también con el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. No se trata de que antes las relaciones hayan sido malas, pero ahora hay mucho más espacio y disponibilidad para una cooperación significativa más allá del diálogo teológico entre las Iglesias, que cae bajo la responsabilidad del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

Hay razones para celebrar también otras conquistas de la cooperación, como la convergencia en los textos de Faith and Order y la declaración de la nueva misión del CMI Together toward life, o la mucho mejor cooperación a favor de los migrantes y de los refugiados.

Para complementar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, en muchos lugares del mundo se observó y celebró ecuménicamente la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. En algunos lugares esto se dio también con la participación de personas de diferentes religiones. Es nuestro deseo que la visita del papa Francisco a Ginebra envíe una señal fuerte para que todos los cristianos compartan el compromiso de profundizar la unidad de las Iglesias en camino y a participar juntos en la misión divina de la vida, de la justicia y de la paz en el mundo.

¿Cuál es hoy el principal desafío del ecumenismo?

El ecumenismo tiene una fuerte dimensión escatológica, anticipando el reino de Dios, que ha creado toda vida y una sola familia humana, nos ha reconciliado en Cristo, y que nos sostiene y nos guía en nuestro camino por medio del poder del Espíritu Santo. Esto abre este amplio horizonte de justicia y de paz para todos. Sin embargo, la realidad está muy fragmentada y marcada por la competición por el poder y la riqueza. Las identidades contrapuestas han sido sostenidas hasta ahora por culturas y, en parte, también por la religión. Hay todavía un largo camino por recorrer antes de que se pueda ver un terreno común global en el que interactúen pacíficamente las culturas y las religiones. Es decir, se trata de una realidad profundamente distinta del estrato muy delgado y superficial que nos propone la actual cultura del consumo y de los medios globales que lo apoyan. Tenemos todavía un largo camino por recorrer antes de que la dimensión ecuménica de nuestra vida compartida en nuestra casa común arraigue profundamente en la mente y en el corazón de las personas. Considero las dificultades que estamos enfrentando como los «dolores de parto» de esta nueva dimensión de las culturas y las religiones.