El desarrollo del Concilio Vaticano II bajo Juan XXIII (1962)

Santiago Madrigal S.J.

Un par de observaciones previas nos ayudarán a aquilatar lo que perseguimos en esta meditación histórica: establecer la aportación de los jesuitas al Vaticano II. En primer lugar, concilium episcoporum est. Es decir, tienen derecho a participar en un concilio todos los obispos en comunión con Roma. Ello significaba entonces unos 2.700 potenciales participantes. Ahora bien, como es sabido, los profesos de la Compañía de Jesús pronuncian un voto de renuncia a los cargos eclesiales, de manera que no podía haber muchos jesuitas entre los padres conciliares. Según los datos de G. Caprile, «al iniciarse el Concilio, los jesuitas con derecho a participar no eran más que 56: 1 cardenal, 12 arzobispos residenciales y 5 titulares, 23 obispos residenciales y 10 titulares, 2 prefectos apostólicos, 2 prelados nullius, y el P. General»1. Recordemos que el padre general J. B. Janssens falleció en 1964, durante el tercer período de sesiones, siendo sustituido durante la última etapa por el Padre Arrupe, que es la figura que permite establecer el hilo conductor entre el concilio y el post-concilio de la Compañía de Jesús, como luego diremos.

Una segunda observación: entre los protagonistas del Concilio se cuentan los peritos o expertos, teólogos y canonistas, que asisten bien como asesores privados de un obispo particular o lo hacen con el nombramiento oficial de peritus Concilii. Ellos son los que realizan el trabajo fatigoso y menudo de dar cuerpo a los documentos en las comisiones. Nuevamente los datos estadísticos: «De los 54 que formaban parte de las Comisiones preparatorias como secretarios, miembros o consultores, no fueron llamados de nuevo 29; fueron elegidos, sin embargo, otros 24 nuevos. Así, el número de jesuitas “peritos conciliares” se elevó a 49»2. Este número se circunscribe a los peritos oficiales del Concilio, porque hubo muchos más que acompañaron a título privado a muchos obispos. Al grupo de los expertos implicados en la etapa de preparación (Boyer, de Lubac, Dezza, Dhanis, Hirschmann, Jungmann, Muñoz Vega, Rahner, Fernández Regatillo, Salaverri, Tucci, Tromp, Witte, Weigel, Zalba), se añadieron otros nuevos (Bertrams, Greco, Murray, Daniélou, Grillmeier, Lonergan, Molinari, Neuner, Nicolau, Semmelroth, Smulders, Swain, Wulf).

El Concilio Vaticano II ha sido un momento estelar de colaboración entre obispos y teólogos. Esta es la impresión que se regana leyendo algunos diarios como el de O. Semmelroth o el de H. de Lubac, que detallan las reuniones de grupos de obispos y de teólogos centroeuropeos desde los comienzos para trazar una estrategia conciliar común3. Durante los primeros encuentros en el decisivo primer período de sesiones el objetivo principal era conseguir el rechazo en el aula de los esquemas de la Comisión teológica, es decir, del tándem Ottaviani-Tromp. ¡Y vaya si lo consiguieron! Tal fue la suerte corrida por el esquema sobre las dos fuentes de la revelación (De fontibus revelationis) y el esquema sobre la Iglesia (De Ecclesia).

En términos generales se puede decir que buena parte de los esquemas preparatorios, —excepción hecha del documento sobre la reforma litúrgica—, debieron resultar para muchos padres una imagen congelada de su propia teología, lejana y obsoleta. La intervención de los mejores expertos dio forma a los nuevos textos bajo el espíritu del aggiornamento pastoral, en la línea de la alocución Gaudet mater Ecclesia. El principio pastoral se puso por primera vez a prueba en el rechazo del esquema sobre la revelación que significaba en su tenor original un endurecimiento de la llamada doctrina de las «dos fuentes». Cuando el 20 de noviembre de 1962, aquel esquema fue rechazado por una mayoría sin alcanzar los dos tercios exigidos por el reglamento, se produjo un momento histórico con la decisión de Juan XXIII para que el esquema fuera reelaborado por una nueva comisión mixta que recibió como co-presidentes a Ottaviani y a Bea. No sería exagerado decir que en aquel momento se ha decidido la suerte ulterior del Concilio. El retorno a las fuentes bíblicas y a la gran Tradición, la apertura ecuménica, junto con el redescubrimiento de la historia de la salvación, harán que en los documentos mayores del Vaticano II las nociones bíblicas reemplacen a los conceptos estáticos de la escolástica.

Sin embargo, tras dos meses de Concilio se había avanzado muy poco. En la primera semana de diciembre de 1962 se produjo otro momento estelar que ha marcado decisivamente el rumbo del Concilio. Mientras se debatía el esquema De Ecclesia se produjo, el 4 de diciembre, la intervención del cardenal Suenens que trazó un plan para el Concilio. En realidad, aquel plan le había sido solicitado por el mismo Juan XXIII unos meses antes y había sido dado a conocer a algunos cardenales4. El cardenal de Bruselas supo formular un programa simple y realista que iba a permitir reducir a la unidad el ingente material de 70 esquemas (más de 2.000 páginas) elaborados por las comisiones preparatorias a 20 documentos. Su intuición de fondo era muy sencilla: Ecclesia lumen gentium. Para mostrar cómo la Iglesia es luz de los pueblos, el trabajo conciliar debía acoger el tema de la Iglesia como núcleo central y todos los esquemas debían girar, en consecuencia, en torno a este doble eje: Iglesia ad intra e Iglesia ad extra, es decir, la Iglesia que se mira a sí misma y la Iglesia vuelta hacia el mundo para hacerse cargo de los problemas que tiene planteados la humanidad (persona humana, inviolabilidad de la vida, justicia social, evangelización de los pobres, vida económica y política, guerra y paz).

1 G. Caprile, «Vaticano II, Concilio», l. c., 3903. La mayoría de estos obispos jesuitas ejercían su ministerio en Asia (21), en África y Madagascar (13), América central y del sur (14).

2 G. Caprile, «Vaticano II, Concilio», l. c., 3906.

3 S. Madrigal, «El Vaticano II en el diario conciliar de O. Semmelroth»: Estudios Eclesiásticos 87 (2012) 105-164.

4 M. Lamberigts L. Declerck, «The Role of cardinal Léon-Joseph Suenens at Vatican II», en: D. Donnelly – J. Famerée – M. Lamberigts – K. Schelkens (eds.), The Belgian Contribution to the Second Vatican Council, Lovaina 2008, 66-88.