El desarrollo y desenlace del Concilio Vaticano II bajo Pablo VI (1963-1965)

Santiago Madrigal S.J.

El 29 de septiembre de 1963 el Concilio Vaticano II comienza por segunda vez. No es una afirmación gratuita si se considera que, tras la muerte de Juan XXIII, el concilio había quedado en suspenso, en una situación incierta y a expensas de quién fuera su sucesor. El nuevo papa, Pablo VI, enseguida declaró que el Concilio era el objetivo principal de su pontificado. Al final de la primera etapa, el cardenal Montini había intervenido secundando el plan de Suenens; ahora, como nuevo Papa, le va a imprimir orden y coherencia al Concilio, reformando el Reglamento, poniendo al frente de las sesiones a cuatro moderadores (Suenens, Döpfner, Lercaro y Agagianian). En su discurso programático y de apertura de la segunda etapa, el 29 de septiembre de 1963, le señaló estos cuatro objetivos: «la noción, o, si se prefiere, la conciencia, de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos, y el diálogo de la Iglesia con los hombres de nuestra época»1.

Desde esos cuatro puntos cardenales podemos recapitular con trazos gruesos el desarrollo interno del Concilio hasta su desenlace final2. El trabajo conciliar comenzó, desde la orientación de la Ecclesia ad intra, tratando de esa dimensión íntima de la Iglesia que es la liturgia, el corazón de su vida. La constitución Sacrosanctum Concilium, el incipit cronológico y teológico del Vaticano II, asume una parte del objetivo de la renovación interna de la Iglesia y, de este modo, ponía las bases para el tema central de todo el Concilio, que iba a ser el de la Iglesia. En la perspectiva ad extra, el Concilio dio su aprobación en diciembre de 1963, junto a la constitución sobre la liturgia, al decreto sobre los medios de comunicación social (Inter mirifica).

La constitución dogmática sobre la Iglesia venía ocupando el punto de referencia desde finales de la primera etapa conciliar; representa, por tanto, el momento nuclear del diálogo interno conforme a la pregunta: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? En este sentido, Lumen gentium trata de satisfacer el primero de los fines conciliares: expresar la noción o conciencia de la Iglesia. Obtuvo su aprobación solemne al final de la tercera etapa, en otoño de 1964, junto con el decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, que guarda relación con el tercer objetivo querido por Pablo VI: el restablecimiento de la unidad entre los cristianos. Otro documento en esta misma dirección, el decreto Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias católicas orientales, fue aprobado en aquella misma jornada. De ese catolicismo oriental católico puede decirse que traza un puente con esa otra forma de vivir y encarnar el mensaje del Evangelio que es el cristianismo de oriente (Iglesias orientales ortodoxas de tradición bizantina y eslava) y, de otra manera, con el cristianismo vivido en las Iglesias y comunidades eclesiales surgidas de la Reforma protestante.

El avance de los trabajos se fue decantando en el cuadrilátero textual que componen las grandes constituciones: sobre la liturgia, sobre la Iglesia, sobre la revelación, sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Estas dos últimas debieron esperar hasta el cuarto período de sesiones para encontrar su aprobación solemne, pero han ido acompañando la maduración teológica de la asamblea conciliar. A la postre, hay que reconocer que para dar una visión de la naturaleza y misión Iglesia se hizo necesario establecer dónde y cómo debía ser buscada esa noción. A saber: la revelación divina. Desde la lógica teológica, la constitución dogmática sobre la divina revelación, que recibió su aprobación solemne el 18 de noviembre de 1965, adquiere un carácter previo a toda la obra del Concilio. Dei Verbum reviste desde el punto de vista metodológico un carácter fundamental sobre el que se eleva el edificio doctrinal del Vaticano II. La constitución sobre la revelación divina, con su reflexión sobre la Escritura, la Tradición y el magisterio es, en cierto modo, «la primera de todas las constituciones de este Concilio», y «sirve como introducción a todas ellas». Nos recuerda, desde su propia perspectiva, cuál es el centro de la vida de la Iglesia: el misterio de Dios revelado en Cristo. «Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo».

A partir de esta afirmación se despliega la otra orientación señalada en el plan del cardenal Suenens, la de la Iglesia enviada, en misión, la Iglesia ad extra. El desenlace paradigmático de esta perspectiva lo encontramos en la cuarta constitución del Vaticano II, la constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo. En esta constitución, que quiere aplicar una visión cristológica del ser humano a los grandes problemas éticos, sociales, políticos y económicos, se satisface el cuarto y último objetivo señalado por Pablo VI al Concilio: el diálogo con el hombre de hoy y la apertura de la Iglesia a la sociedad moderna.

Todo ello permite concluir que el deseo de Juan XXIII se había cumplido, pues el Concilio constituye efectivamente un salto hacia delante, un serio esfuerzo de aggiornamento, un abrir ventanas para que el aire fresco penetre en el interior de la Iglesia.

Los otros documentos conciliares pueden ser presentados como una explanación de esos dos diálogos básicos, interno y externo, de la Iglesia. En realidad, todos aquellos decretos que pretenden una puesta al día y una renovación interna de la vida eclesial están concebidos en la perspectiva de la apertura misionera de la Iglesia al mundo, empezando por el texto que, al hilo de la afirmación conexa de la sacramentalidad y de la colegialidad, replantea la tarea pastoral de los obispos (Christus Dominus); en segundo término, hay que recordar la teología del laicado que, desde el relanzamiento del sacerdocio común de todos los bautizados, se deja prolongar en el decreto sobre el apostolado seglar (Apostolicam actuositatem) y, en esa plasmación más concreta sobre la tarea de los padres en la educación cristiana (Gravissimum educationis); en tercer lugar, desde la afirmación de la llamada universal a la santidad, entran en consideración la renovación carismática de la vida religiosa (Perfectae caritatis), así como la vida y la espiritualidad de los presbíteros (Presbyterorum ordinis) y su formación (Optatam totius). En esta misma longitud de onda, el Vaticano II ha repensado la tarea de evangelización en el decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes).

La cuarta constitución, Gaudium et spes, recapitula desde la atención a los «signos de los tiempos» el carácter pastoral del Concilio Vaticano II, su voluntad de diálogo con el mundo moderno, trazando líneas fundamentales acerca de la tarea histórica de la Iglesia en nuestra sociedad. Esta nueva relación con la situación profana del mundo encuentra su presupuesto básico en la declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae), que es conditio sine qua non para una apertura al pluralismo ideológico de la actualidad, para el diálogo y la colaboración con los otros cristianos (Unitatis redintegratio) y con los miembros de las religiones no cristianas (Nostra aetate) 3.

1 AAS 55 (1963) 847.

2 S. Madrigal, Unas lecciones sobre el Vaticano II, o.c., 125-133.

3 Los 16 documentos según la secuencia cronológica de su aprobación ofrecen esta panorámica: Sesión III [4.XII.1963]: Constitución sobre la liturgia (Sacrosanctum Concilium) y Decreto sobre los medios de comunicación social (Inter mirifica). Sesión V [21.XI.1964]: Constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen gentium), decretos sobre las Iglesias Orientales católicas (Orientalium Ecclesiarum) y sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio). Sesión VII [28 de octubre de 1965]: Decretos sobre la tarea pastoral