Juan XXIII

Francisco Martínez Hoyos 26/10/2018

El suyo fue un pontificado breve, pero cambió el curso de la historia. Angelo Roncalli (1881-1963), conocido como Juan XXIII tras suceder a Pío XII en 1958, disfrutó de una admiración prácticamente unánime, con las pocas excepciones de los integristas que lo consideraron un hereje. En contra de los que esperaban un mandato de transición, pasó a la historia por convocar el Vaticano II, un concilio que no se concibió, como los anteriores, para denunciar herejías, sino para hacer una puesta a punto general de la Iglesia. Una palabra italiana, aggiornamento, “actualización”, pasó a definir el espíritu de los nuevos tiempos.

Si Pío IX proclamó que el liberalismo era pecado, Juan XXIII reconcilió a la Iglesia con el mundo moderno. En adelante, la misa dejó de celebrarse en latín. Y se puso énfasis en que el buen católico no debía limitarse a asistir a misa, sino vivir activamente su fe. El papa también se pronunció acerca de la justicia social y de la búsqueda de la paz, esta última una cuestión urgente después de que la crisis de los misiles, en 1962, pusiera al planeta al borde de un holocausto atómico.

Roncalli consiguió la admiración de creyentes y no creyentes. El cineasta Pier Paolo Pasolini, de ideología comunista, le dedicó su película El Evangelio según San Mateo. No era poca cosa, si tenemos en cuenta que, hasta entonces, la cruz, por un lado, y la hoz y el martillo, por otro, representaban dos universos en apariencia irreconciliables.

El “papa bueno” también ganó múltiples simpatías por su carácter sencillo y campechano. Son numerosas las anécdotas en las que demuestra su sentido del humor, con un punto de socarronería. La que exhibió, por ejemplo, cuando un periodista le preguntó cuánta gente trabajaba en el Vaticano. “Más o menos la mitad”, fue su respuesta.

En otra ocasión, cuando visitó en Roma el Hospital del Espíritu Santo, la monja que lo dirigía se presentó ante el pontífice diciendo: “Santo Padre, soy la superiora del Espíritu Santo”. Él reaccionó con una broma que se hizo célebre: “Es usted muy afortunada. Yo solo soy el vicario de Cristo”. Hizo gala del mismo humor al recibir a un senador estadounidense. Este, para comunicarle a qué confesión religiosa pertenecía, le dijo que era bautista. Juan XXIII replicó con rapidez: “Y yo soy Juan, así que ya estamos completos”. Se refería, naturalmente, a Juan Bautista, importante santo católico.

El papa murió antes de ver concluido el Vaticano II. Lo llevó a su fin Pablo VI, cuya política vacilaba entre lo nuevo y lo viejo. La Iglesia se vio envuelta entonces en una profunda crisis interna. Numerosos sacerdotes abandonaron el ministerio, por lo general personas muy preparadas, decepcionadas con una reforma que, a su juicio, no había ido lo bastante lejos. En el extremo contrario se hallaban los que, desde posiciones tradicionalistas, culpaban al concilio de todos los males.