Medellín 68

Dr. José Sols Lucia

Director del Departamento de Ciencias Religiosas de la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México

Para los que ya peinamos canas, la historia de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Medellín, Colombia, en 1968, el nacimiento y desarrollo de la Teología de la Liberación en Latinoamérica, en los años setenta y ochenta, y los numerosos y horribles asesinatos de grandes figuras de la Iglesia, como San Óscar Romero o Ignacio Ellacuría y sus compañeros jesuitas, sin olvidar a miles de cristianos y cristianas, nos parece algo relativamente cercano en el tiempo (hace ahora 50 años), pero está claro que para los jóvenes, nacidos entre finales del siglo pasado e inicios de este, todo eso queda muy lejos. Por ello conviene que los mayores contemos esa historia, para que los jóvenes sepan qué ocurrió, y para que lo acontecido en aquellas décadas les inspire a ellos a la hora de afrontar este complejo y apasionante siglo XXI.

En el siglo XVI, la Iglesia se rompió. Al acabar la Edad Media y empezar la Modernidad, al descubrirse tantas cosas nuevas, entre otras, el inmenso continente americano, hubo deseos de modernización en la Iglesia, que no fueron siempre bien encajados por Roma. Todo esto, sumado a diversos intereses políticos alemanes, ingleses y franceses, entre otros, llevó a la Reforma de la Iglesia, que supuso el nacimiento de diferentes iglesias cristianas, hace ya 500 años. Fruto de todo ello, la Iglesia Católica quedó desmembrada, desmoralizada y con temor a cualquier cambio. Se tornó conservadora, recelosa de cualquier innovación. Es verdad que grupos nuevos y modernos como los jesuitas, fundados por San Ignacio de Loyola, y figuras carismáticas como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Fray Bartolomé de las Casas, le dieron un aire nuevo a la Iglesia, pero, a pesar de ellos, la Iglesia se volvió conservadora y miedosa ante todo lo moderno. Eso duró ni más ni menos que cuatro largos siglos, desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XX, cuando el papa Juan XXIII dijo que ya basta de tanto miedo y de tanto anquilosamiento, y afirmó que había que abrir las ventanas para ventilar la Iglesia. Convocó un concilio, el Vaticano II, por ser el segundo que se celebraba en este pequeño Estado (el primer concilio Vaticano, muy conservador, había sido en el siglo XIX). El Vaticano II quiso ser la apertura definitiva de la Iglesia al mundo moderno. La Iglesia, en lugar de adoctrinar al mundo colmo una anciana antipática, pasó a hablar de tú a tú a los hombres y mujeres de buena voluntad, pasó a invitar, a anunciar, a proponer, a dar testimonio, y quiso hacer suyo el drama de tantos pueblos emergentes, en aquel tiempo denominados Tercer Mundo, por no ser ni el mundo capitalista en torno a los Estados Unidos, ni el comunista en torno a la Unión Soviética.

Los acontecimientos se precipitaron a partir de aquel momento. Allí mismo, en Roma, el 16 de noviembre de 1965, se reunieron en la iglesia de Santa Domitila 42 obispos de países y continentes muy diversos y firmaron lo que sería conocido como el Pacto de las Catacumbas (cfr. Hernández, J. L., «El Pacto de las Catacumbas: Iglesia política y políticas de la Iglesia en clave profética», en: Tamayo, J. J. & Hernández, J. L., [coord.] Iglesia, política, religión y sociedad. Interacciones para el bien público desde Ignacio Ellacuría, Madrid: Dykinson, 2018, pp. 117-138), mediante el cual se comprometían a renunciar a riquezas, ostentaciones, privilegios, y a llevar una vida sencilla de pastores cercanos a sus fieles. En 1968 se celebró en Medellín, Colombia, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano con la intención de implementar el espíritu y los textos del concilio a la realidad latinoamericana, que era una verdadera olla en ebullición, con estructuras socioeconómicas poscoloniales, elevados índices de pobreza, dictaduras militares, represión policial y movimientos revolucionarios de izquierda. Los obispos volvieron su mirada hacia el hombre, conscientes de que «para conocer a Dios es necesario conocer al hombre», y admitiendo que hasta entonces su trabajo pastoral en el subcontinente había tenido luces y sombras, esto es, había habido en él hombres y mujeres que habían realizado un trabajo ejemplar (luces), pero también los obispos habían dado lamentablemente la espalda al sufrimiento del pueblo (sombras). La situación era tan grave y la necesidad de solución tan urgente, que ya no bastaba con palabras: había llegado la hora de la acción, lo que suponía «tomar decisiones y establecer proyectos», dispuestos a ejecutarlos como compromiso personal de los obispos, «aun a costa de sacrificio». «América Latina ―proseguían los obispos― está evidentemente bajo el signo de la transformación y el desarrollo. Transformación que, además de producirse con una rapidez extraordinaria, llega a tocar y conmover todos los niveles del hombre, desde el económico hasta el religioso». Por ello, «el hecho de que la transformación a que asiste nuestro continente alcance con su impacto la totalidad del hombre, se presenta como un signo y una exigencia». Los obispos sentían estar escuchando el clamor del pueblo latinoamericano, como en el Antiguo Testamento Dios había escuchado el llanto de Israel en Egipto: «Así como otrora Israel, el primer Pueblo de Dios, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva».

Aquella conferencia fue el inicio de un tsunami que recorrió toda América Latina. Tres años después, en 1971, Gustavo Gutiérrez publicó el libro Teología de la Liberación, y en 1973 Ignacio Ellacuría publicó el libro Teología Política. Había nacido la Teología de la Liberación, hermana menor de la Teología Política europea (Jürgen Moltmann, Johann Baptist Metz), pero que acabaría teniendo mucho más vigor que esta. La Teología de la Liberación defiende tres tesis: 1/ toda teología debe estar históricamente contextuada, dado que es la expresión teórica del modo en que un pueblo acoge en su propio contexto histórico la Revelación de Dios en Israel y en Jesucristo; por ello, la Teología no se escribe de una vez por todas, sino que se reescribe una y otra vez, a medida que damos pasos en el tiempo y nos adentramos en otras culturas; 2/ si el cristianismo anuncia al Dios de Israel (Antiguo Testamento) y Padre de Jesús (Nuevo Testamento), un Dios que quiere la salvación de todos sus hijos, entonces, en un mundo con estructuras socioeconómicas y políticas opresoras de lo humano, el anuncio de la salvación pasa por la transformación liberadora de esas estructuras; ahora bien, 3/ para poder transformar las estructuras, antes hay que haberlas analizado, lo cual no es tarea de la Teología, sino de las Ciencias Sociales; por ello, el puente epistemológico de la Teología con el mundo ya no es solo ni principalmente la Filosofía (como ocurría en la Teología Escolástica Medieval y en la denominada Segunda Escolástica), sino las Ciencias Sociales.

A partir de ahí, multitud de hombres y mujeres se movilizaron para fundar comunidades eclesiales de base (CEBs), para denunciar las estructuras poscoloniales, para pedir pacíficamente cambios en lo político y en lo económico, para proponer, en definitiva, un modo nuevo de ser cristiano en el mundo. Y muchos fueron perseguidos e incluso asesinados por ello, como Rutilio Grande, San Óscar Romero o el jesuita Ignacio Ellacuría y sus compañeros, en El Salvador, Centroamérica. De ellos, quizás, hablemos otro día. Hoy solo hemos querido recordar aquellos años tan intensos y tan importantes para la Iglesia de América Latina y del mundo entero.