Pacem In Terris

FELIPE MANUEL NIETO FERNÁNDEZ, CM

Vista en su conjunto, la Pacem in terris tiene un objetivo primordial, que es entusiasmar a todos los hombres y mujeres del mundo con la idea de que la paz es necesaria y posible. Junto a este, están otros dos grandes objetivos: atender debidamente el bien universal y constituir una autoridad mundial al servicio del bien común, garantía de la armonía entre los individuos y los pueblos.

Al hilo de este horizonte, se van desgranando principios y enseñanzas fundamentales del discurso social de la Iglesia: dignidad y sociabilidad innata del ser humano, orden moral natural querido por Dios, bien común integral y universal, principio de subsidiariedad, función social de la propiedad privada, libertad religiosa, autoridad y participación de los ciudadanos en la vida política.

Las reacciones tras su publicación se multiplicaron. La prensa de todo el mundo, llamada por la curiosidad de los caminos para la paz que proponía el Papa, se hizo eco de ella provocando su amplia difusión y una proliferación de estudios de todo tipo. Entre sus lectores se despertó el entusiasmo, porque entre líneas se podía apreciar una aproximación distinta a lo social: a los principios, fuertemente anclados en la tradición social, se les imprimió un dinamismo diferente, más vecino a los problemas que inquietaban a las gentes.

De la sorpresa se pasó a la admiración. Los comentaristas de la encíclica comenzaron a destacar la mirada perspicaz a la realidad histórica que delataba que algo había cambiado, por lo menos en el estilo, a la hora de analizar, juzgar y actuar sobre lo social. No se trataba solo del lenguaje cercano, era también el derroche de optimismo, la tímida presencia de la circularidad hermenéutica entre realidad histórica y Revelación, el apoyo en datos empíricos para el análisis, el acercamiento a los organismos seculares internacionales, el enganche al carro de la defensa los derechos humanos, el abandono del tono negativo y de la inercia a la condena, los signos de los tiempos como categoría moral y el sano realismo utópico de la propuesta de una autoridad mundial.

Más de dos décadas de enfrentamientos ideológicos, donde las armas fueron los tratados, los campos de batalla las finanzas y el objetivo conquistar el mundo, produjeron, entre otras consecuencias, un planeta herido en lo profundo. Pío XII fue enérgico en la condena de esta situación, pero Juan XXIII lo hizo de otra manera: aprovechó el cansancio psicológico de todos para, no solo denunciar la situación y proponer soluciones a las consecuencias de este enfrentamiento frío, sino también, de una manera valiente, plantear lo verdaderamente importante: hacer desaparecer el miedo a base de un cambio de mentalidad que llegue hasta las mismas conciencias (PT 113).

Pliego publicado en el nº 2.854 de Vida Nueva.

Para leer la encíclica visita Pacem In Terris