Pedro Arrupe S.J. General de la Compañía de Jesús

Santiago Madrigal S.J.

A partir de 1965, el año de la clausura del Concilio y de la apertura de la Congregación General XXXI, alborea una nueva época en la historia de la Iglesia y de la Compañía. Empezaba a producirse el tránsito de la Compañía restaurada a la renovada, empeñada junto con la Iglesia en acomodarse al mundo moderno. Los primeros compases de aquel cambio repentino pudieron parecer un golpe de timón, un cambio de rumbo, que hizo hablar de una «tercera Compañía», distinta de la fundada por Ignacio en 1540, distinta de la restaurada en 1814. Pronto comenzó a circular aquella cantinela que hablaba de ruptura y discontinuidad: un vasco fundó la Compañía y otro la va a destruir. El P. Pedro Arrupe, sin embargo, habló de renovación, de actualización, de acomodación al mundo moderno, eso sí siempre en el espíritu y en la letra del Concilio Vaticano II. Nuestra reflexión acerca de la renovación de la Compañía de Jesús por el P. Arrupe avanza al hilo de cuatro puntos y una recapitulación.

Al aproximarnos hoy a la figura del P. Pedro Arrupe (1907-1991) podemos contar con nuevos estudios, de alto nivel y rigor, promovidos con ocasión del centenario de su nacimiento y realizados sobre fuentes en parte inéditas. Nadie pone en duda su ejemplar vida religiosa de inequívocos tintes proféticos y místicos, ni su liderato, ni su trato exquisito, ni su amor a la Compañía de Jesús que gobernó durante 16 años. Lo que se discutió de Arrupe fue su gobierno. Unos lo consideraron débil e ilusorio. Otros dudaron del acierto de sus decisiones y orientaciones, hasta el punto de achacarle toda una serie de conflictos. Su misión no era nada fácil. El historiador italiano G. La Bella ha dejado escrito en un bello trabajo titulado La crisis del cambio, que «la Compañía que hereda Arrupe está en el punto más alto de su etapa “restauracionista”, iniciada en 1814»1.

Por su parte, A. Álvarez Bolado, en su estudio Crisis de la Compañía de Jesús en el generalato del P. Arrupe, establecía el cuadro general de lo que estaba experimentando el mundo entero: «A esta puesta a punto de la Iglesia y de la Compañía antecede y subyace el intensísimo cambio sociocultural que los sociólogos de la cultura denominan proceso de modernización (años sesenta-noventa). Desde hace mucho tiempo vengo llamando a este proceso cambio mayor en nuestra historia»2. En realidad, un análisis nada ingenuo de aquella situación de profunda transformación se puede leer en los primeros compases de la constitución pastoral Gaudium et spes (4-10), donde el Concilio hacía un examen de la sociedad contemporánea a la luz de los signos de los tiempos3. Y Arrupe se incorporó al Concilio cuando se estaba debatiendo este importante documento conciliar.

No puede decirse en rigor que el P. Arrupe, —vigésimo octavo general de la Compañía de Jesús, el sexto español y el segundo vasco después de S. Ignacio—, haya sido un protagonista del Concilio Vaticano II. Y ello por meras razones cronológicas. Arrupe fue elegido el 22 de mayo de 1965, por tanto, poco antes de que la asamblea conciliar entrara en su cuarta y última fase. La Congregación General XXXI percibió que en aquel hombre que había vivido 27 años en Japón, como misionero de a pie, como maestro de novicios y como provincial, se conjugaban las cualidades y el carisma necesarios para llevar adelante el proyecto conciliar, o, en expresión de su primer biógrafo, un «General para un Concilio». Y Arrupe, por su parte, ha sido plenamente consciente del lugar histórico que corresponde al Concilio Vaticano II. Con fecha de 18 de enero de 1979 escribió:

«Todos sabemos que el siglo XX ha presenciado una de las revoluciones culturales más amplias y profundas de la humanidad. Se trata de un mundo y un hombre nuevo. La Compañía vive, a su limitada escala, el problema universal de la Iglesia: abrirse a la nueva realidad. El Concilio Vaticano II y su reflejo jesuítico —las Congregaciones Generales XXXI y XXXII— son los momentos de ese esfuerzo por ponerse al día»4.

En este pasaje es notable el paralelismo estricto entre el Concilio y las dos Congregaciones Generales que tuvieron lugar bajo su mandato, así como la clara asunción del programa de aggiornamento y apertura a la realidad diseñado por Juan XXIII para el Vaticano II. Por otro lado, Arrupe siempre se ha mostrado convencido, como pocos, de que el Concilio era la obra del Espíritu, la mediación más inmediata de la voluntad de Dios y, por consiguiente, había que seguir el ejemplo de la Iglesia en el Concilio ecuménico. Con sus orientaciones, con sus cartas, con sus exhortaciones, con su persona, ha transmitido los impulsos y los anhelos conciliares que le llevaron por los cinco continentes hasta ese retorno de Oriente, el 7 de agosto de 1981, cuando sufre una trombosis cerebral que relegó al «huracán Arrupe», —como decían en Japón—, al silencio y al retiro de la enfermedad durante casi diez años hasta su muerte, acaecida el 5 de febrero de 1991.

Arrupe estuvo presente, de mil maneras, en la azarosa vida post-conciliar de la Iglesia. Como presidente de la Unión de Superiores Generales de órdenes religiosas ha participado en los sínodos de obispos que debían prolongar el Concilio, empezando por el primero, celebrado en 1967, y siguiendo por el sínodo extraordinario de 1969, dedicado al estudio del primado y de la colegialidad. Una relevancia especial recae sobre el de 1971, con su tema bifronte: el ministerio de los presbíteros y la justicia en el mundo. El sínodo de 1974, sobre la evangelización, desemboca en ese importante documento de Pablo VI que se titula Evangelii nuntiandi. Durante los años de su mandato tuvieron también lugar el sínodo sobre la catequesis, en 1977, y el de la familia, en 1980. Por eso, se puede decir de él que fue no sólo un «General para un Concilio», sino también «una figura clave del post-concilio», «un líder del sueño conciliar»5, pues ayudó a impulsar vigorosamente la vida de la Iglesia entre 1965 y 1983.

Vamos a reconstruir el camino de su reflexión, en su esfuerzo intelectual y espiritual por ajustar la experiencia cristiana al mundo moderno. La Congregación General XXXI tuvo lugar en pleno ambiente conciliar. Su primer objetivo y más urgente era la elección del nuevo prepósito general tras el fallecimiento del P. Janssens. Una vez cumplido este objetivo inaplazable, la Congregación decidió esperar la conclusión de los trabajos conciliares y volver a reunirse en una segunda sesión en el otoño de 1966. Por otro lado, las líneas directrices del Concilio Vaticano II, muy en particular, todo aquello que tiene que ver con la renovación de la identidad de la Iglesia y su presencia evangelizadora en el mundo de hoy, inspiran, alientan y movilizan la misma reformulación del fin de la Compañía de Jesús, desde «la defensa y la propagación de la fe» al «servicio de la fe y la promoción de la justicia», que constituye el núcleo de la Congregación General XXXII.

La verdadera preocupación de Arrupe fue siempre el impulso de una evangelización más intensa y profunda; a su servicio se hallan la renovación interior de la Iglesia y de la vida religiosa, el desarrollo de una teología más ajustada a la Palabra de Dios y a la vida concreta del ser humano, el diálogo con el mundo moderno, el diálogo ecuménico y con las otras religiones. Tal es el contenido último que se deja destilar de sus discursos, de sus conferencias, de sus cartas, sembrados de referencias a los 16 documentos conciliares, con una aproximación optimista a lo que el Vaticano II había puesto en marcha. La reflexión y la praxis de la evangelización han ido madurando en los años postconciliares al socaire de las grandes asambleas eclesiales. Ya hemos mencionado el Sínodo de 1971, con la carta Octogesima adveniens, y el Sínodo de 1974, que precede a la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Son el reflejo de la preocupación creciente por la promoción de la justicia y la necesidad de integrar esta preocupación en la misión evangelizadora de la Iglesia.

Pedro Arrupe, que ha participado activamente en estos sínodos, hizo del compromiso positivo a favor de la justicia el slogan característico de la tarea educativa llevada a cabo por los jesuitas en sus escuelas, colegios y universidades. Ahí está, como botón de muestra, el discurso dirigido al congreso mundial de antiguos alumnos celebrado en Valencia en 1973: el tema de la educación para la justicia se ha convertido en los últimos años en una de las grandes preocupaciones de la Iglesia6. En aquella ocasión brotaron de sus labios aquellas famosas palabras: «Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo; hombres para los demás, es decir, que no conciban el amor a Dios, sin el amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia». Y aprovechaba la ocasión para hacer examen de conciencia: ¿os hemos educado para la justicia?

Anotemos, además, que la intervención de Arrupe en el Sínodo de 1974 versó sobre las mutuas imbricaciones entre evangelización y promoción humana. Rechazaba, por insatisfactorias, aquellas posturas que tienden a disociar la fe cristiana y la evangelización. Bajo esta crítica caía la tesis marxista que considera la fe como algo puramente alienante y que paraliza el esfuerzo en aras de la promoción humana. Criticaba asimismo la reducción de la evangelización a la mera promoción humana. Bajo el mismo veredicto caía la postura de quienes niegan cualquier relación entre promoción humana y evangelización, por considerarlas tareas puramente paralelas y sin interdependencia alguna, de modo que la evangelización se sitúa al margen de las transformación o crítica de las actuales condiciones sociales y políticas. El documento Evangelii nuntiandi (en particular, en su capítulo III) establecerá la relación real interna entre evangelización y promoción humana, que el P. Arrupe, por su parte, expresaba en dos tesis complementarias: no pueden confundirse o identificarse la evangelización y la promoción humana; pero tampoco pueden separarse la promoción humana y la evangelización como dos actividades absolutamente independientes. En suma: la evangelización incluye la promoción humana y la lleva a su máxima perfección7.

Todas estas reflexiones, que seguían apelando sustancialmente a la constitución pastoral Gaudium et spes, están a la base de la reformulación del fin de la Compañía de Jesús y le han preparado el terreno. Pedro Arrupe definió la Congregación General XXXII (1.XII.1974–7.III.1975) como «la decisión más importante de mi generalato»8. En la carta de convocatoria subrayó el objetivo central de la nueva Congregación: «la necesidad de buscar, precisar y concretar aún más y de manera más efectiva el modo de servicio que la Compañía debe prestar a la Iglesia en un mundo que va cambiando tan rápidamente, y la necesidad de responder así al desafío que dicho mundo nos presenta». La Congregación, una vez puesta en movimiento, tuvo que decidirse en medio de unas discrepancias de todos conocidas: mientras unos pedían más atención a la justicia en el mundo, otros no callaron sus reservas o desacuerdo ante una orientación que podía degenerar en un mero activismo social o en un puro humanismo. En el famoso decreto 4, la Congregación dio una definición de la misión de la Compañía de Jesús asociando de manera estrecha el servicio de la fe y la promoción de la justicia, donde esta segunda dimensión era entendida como «parte integrante» de la primera. En suma: la Compañía optaba por hacer del servicio de la fe y de la promoción de la justicia «el punto focal que identifica en la actualidad lo que los jesuitas hacen y son». Son palabras tomadas del decreto 2, que expresan bien el sentido de la opción, una opción rubricada con la conciencia expresa de que es perfectamente coherente con el carisma ignaciano original: «Nos confirmamos —se dice en el n. 10 del decreto 2— en esta opción decisiva, por llegar a ella desde otro punto de partida: la inspiración originaria de la Compañía»9.

Arrupe sintonizaba profundamente con esta intuición que había hecho valer en los sínodos romanos; ahora, analógicamente, ha visto trasladado ese mismo espíritu a la Compañía de Jesús, ecclesiola in Ecclesia, para que pueda vivir de forma más auténtica su misión en el tiempo actual: «por fidelidad al carisma fundacional e institucional (la Compañía) ha debido cambiar tanto, conservando lo sustancial, que es inmutable». Son palabras pronunciadas el día de S. Ignacio en la homilía que tuvo en la Universidad Católica de Manila con motivo del 400 aniversario de la llegada de la Compañía de Jesús a Filipinas. Tienen sabor de testamento, pues fue precisamente a la vuelta de aquel viaje por Filipinas y Tailandia, que transcurrió entre el 24 de julio y el 7 de agosto de 1981, cuando sufrió la trombosis que le mantuvo postrado hasta su muerte. De la renovación solicitada desde la Congregación General XXXII habló en términos de un laborioso discernimiento: «Me refiero a la reformulación del fin de la Compañía: desde “la defensa y propagación de la fe” al “servicio de la fe y promoción de la justicia”. La nueva fórmula no es, en modo alguno, reductiva, desviacionista o disyuntiva; más bien explicita elementos contenidos en germen en la antigua formulación, gracias a una referencia más expresa a las necesidades presentes de la Iglesia y de la humanidad, a cuyo servicio estamos comprometidos por vocación»10. En este denso sumario queda expresado el mensaje fundamental de Arrupe.

Vamos a señalar, finalmente, los resortes místicos y espirituales que sustentan esta opción y la retrotraen en último término a lo más original y genuino del carisma ignaciano, porque «el Vaticano II nos ha ayudado a comprender mejor el pensamiento de S. Ignacio».

1 G. La Bella, «La crisis del cambio», en G. LA BELLA (ed.), Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús. Nuevas aportaciones a su biografía, Bilbao-Santander 2007, 841-911; aquí: 845.

2 A. Álvarez Bolado, «Crisis de la Compañía de Jesús en el generalato del P. Arrupe»: Anuario del Instituto Ignacio de Loyola (2003) 201-254.

3 P. M. Lamet, Arrupe. Un profeta para el siglo XXI, Madrid 2002 (primera edición de 1989), 257-282: capítulo 14: «General para un Concilio».

4 P. Arrupe, «El modo nuestro de proceder», en: La identidad del jesuita en nuestros tiempos, Santander 1981, 64. Remito a mi estudio: S. Madrigal, «Su sentido de Iglesia. “Siguiendo la estela del Concilio Vaticano II”», en: G. La Bella (ed.), Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús, o. c., 635-667.

5 Así lo retrataban, respectivamente, P. Ferrer Pi en el estudio de N. Alcover (ed.), Pedro Arrupe. Memoria siempre viva, Bilbao 2001, 97-100, y J.-Y. Calvez, Le Père Arrupe: l’Église après le Concile, París 1997, 5-22.

6«Formación para la promoción de la justicia», en P. Arrupe, La Iglesia de hoy y del futuro, Bilbao-Santander 1982, 347-359.

7 «Evangelización y promoción humana», en P. Arrupe, La Iglesia de hoy, 229-233.

8B. Sorge, «Generales: 28. Arrupe, Pedro», en: Ch. E. ONeill – J. M. Domínguez (dirs.), Diccionario histórico de la Compañía de Jesús, II, Roma-Madrid 2001, 1697- 1705; aquí: 1699. Véase: A. Álvarez Bolado, «La Congregación general XXXII», en G. La Bella (ed.), Pedro Arrupe, General de la Compañía de Jesús, o. c., 251-355.

9Congregación General XXXII. Decretos y documentos anejos, Madrid 1975, 48.

10 Citado por I. Camacho, La opción fe-justicia como clave de la evangelización en la Compañía de Jesús y el generalato del Padre Arrupe: Manresa 62 (1990) 246 (cf. nota 80).